Esteban Lorenzo Acosta Geraldo y de tortica
un dolor de anginas hoy me hizo pensar en ti
Esteban Lorenzo Acosta Geraldo (nombre ficticio), con G, no con J, era mi padrastro. ¿Con G no, con J o con G, no con J? era una conversación que a veces manteníamos por un largo rato. Firmado ELAG, así me acuerdo. En sus días buenos era un padre excelente de los que se sienta contigo para comentar tus notas mediocres y felicitarte porque solo has suspendido Mates en sexto de primaria y pasas de curso. En compensación por el esfuerzo, aceptarán la Wii que les regala el banco y te la darán el día de la comunión.
Como mi madre trabajaba aproximadamente las veinticuatro horas del día, Esteban se encargaba de cuidarme cuando ella no estaba y hacía todo eso que de niña no valoras pero sientes. Me recogía del cole cada mediodía y me llevaba a comer a casa. Como al principio no teníamos confianza, me dejaba lobotomizarme viendo El laboratorio de Dexter y Aquellos maravillosos 70, al que él le llamaba “el show ese que le fasciiiiiiiiiina”.
Esteban era de La Habana y me enseñó a amar sus raíces como si fueran las mías, así que todavía hoy me duele un poco más lo que le hace Disparos Unidos al pueblo cubano. Se enorgullecía de su origen, todo lo que mi madre intentaba alejarme de quienes tuvieran el suyo en otra parte. Ella tenía la creencia de que obedeciendo al racismo, lo evitaría para mí. Él, en cambio, decía que no había nada que le jodiese más el día que le dijeran que estaba perdiendo el acento.
Su religión principal era la santería, así que en casa teníamos un elegguá de piedra llamado Lucero, que era un niño, como yo, al que le podías hablar y confiar la protección de la casa. Me resultaba mucho más divertido que escuchar una eternidad de sermón en misa, más directo que rezar y no me molestaba compartirle una porción de tarta de cumpleaños en ofrenda por sus cuidados.
Esteban prefería una versión alternativa del japi berdey y cuando llegaba tu nombre cantaba, por ejemplo: japi berdey Esteban Lorenzo Acosta Geraldo de la casa de los Acosta que viven allá al fondo de la calle y de torticaaaaaa – interrumpido siempre por mi familia materna, alérgica a la diversión que no atacase directamente a la mayor inseguridad física de alguien, que le ponía los ojos en blanco y le decía tcshhh, Esteban, bonito, como de “compórtate bonito” y él seguía – japi berdey tu yu. Yo me reía por dentro, por si acaso.
Recuerdo con mucho cariño un verano que vinieron un montón de familiares suyos de Miami a quedarse en nuestra casa. Me enamoré de su sobrino Eduardo, que tenía como treinta años y había venido con su novia. No me importaba. Me dejaron montarles un desfile de moda improvisado y me aplaudieron mucho. Era más divertido el público de Miami que mi familia materna, que en los mejores momentos me calificaba de ardilosa y en los peores me decía que si me miraba tanto en el espejo se me aparecería el diablo.
Esteban tenía dos hijos en Cuba y otro en México, llamado Estebitan, del que no sabía nada desde hacía años porque su madre se fugó con él cuando niño sin decirle nada y no había conseguido localizarle desde entonces. Después de muchos años, su sobrino Eduardo lo encontró por Facebook: era metalero, satanista y muy simpático.
En los días no tan buenos de Esteban montaba un espectáculo en el autobús porque un anciano había susurrado un comentario racista. Esteban le respondía que ustedes fueron los primeros inmigrantes o es que no se acuerda viejo fascista comepinga y daba igual que el viejo fascista comepinga se rindiese y entregara sus armas, Esteban no paraba. Esteban no paraba aunque a ti te estuviese dando vergüenza, aunque te estuviese dando miedo, aunque se lo suplicases, ni aunque en lugar del bus estuvieseis en la puerta del colegio con todos tus compañeros de clase mirando. Cuando se enfadaba, se enfadaba y punto.
La primera vez que se enfadó con mi madre delante de mí le dijo que le reventaría una silla en la cabeza. Con el tiempo esa amenaza pasó a ser de sus favoritas y aunque nunca la cumplió, en mi cabeza podía reproducir esa imagen de tanto haberla escuchado. En algún momento dejó de enfadarse conmigo como padre, por las notas o por mi comportamiento adolescente, y pasó a enfadarse conmigo por historias que ocurrían en su cabeza.
Esperaba que mi madre llegase a casa para acusarme de la mentira más insignificante: se ha comido las papas y cuando le he dicho no te comas esas papitas mi amor que no vas a tener hambre, decía que yo le respondía llamándole coñoetumadre u otros insultos cubanos, que no formaban parte de mi vocabulario.
Las historias eran poco creíbles y no es que a mi madre le importasen demasiado, al contrario. Ella había migrado sola a España para luego traerme a mí y darme una vida mejor, pero conforme las amenazas e insultos aumentaban, su mente migró sola a un lugar al que no me llevó. Entonces yo me desesperaba. Le gritaba que nos fuésemos, pero ella no estaba allí conmigo, así que no me escuchaba y no podía ni pudo hacer nada hasta varios años después.
Los días buenos de Esteban fueron menguando y para cuando el cuerpo de mi madre tuvo una segunda hija con él ya casi no quedaba ninguno. Al menos para mí ya no quedaban días buenos que pasar con él. Ya no me interesaban sus pulseras de protección del elegguá ni me daban risa los de torticaaaa en los japi berdey y pasé a desear como mi insípida familia materna que se comportase bonito, como antes. A Esteban le quedaba comportarse todavía peor con mi hermana de lo que lo hizo conmigo o incluso con mi madre, a la que insultaba en todos los dialectos que hablábamos en casa, pero ninguna de esas es mi historia.
Esteban creía que los psicólogos eran loqueros y nunca se ha tratado lo que sea que le hizo tener la mirada cada vez más perdida y cada vez menos días buenos. A día de hoy, gracias al orisha que sea, hace más de un año que ya no sabemos nada de él.
Me resfrié fuertísimo y las anginas no me dejaban dormir, quizá ese dolor me recordó a Esteban (nombre ficticio). Como hacía tiempo no me pasaba, me he visto obligada a salir de la cama a las cinco a eme para vomitar moco verde y también esto.
No me apetecía hablar de este personaje porque ya escribí en su momento algunos textos donde aparece para La lonchera. (Autoreferenciándome) Estos son algunos que me gustan:
Inevitablemente le recuerdo de vez en cuando.
El lunes estuve en el II Foro Internacional de Observatorios Feministas y la primera parte se centraba en analizar la violencia institucional machista en España: lo que te encuentras cuando coges fuerza suficiente para tomar medidas legales contra ELAG, pero todo el sistema le respalda.
Por si te interesa, El Salto Diario recogió los datos de la conferencia: Seis de cada diez casos de violencia institucional machista señalan al sector judicial.
Me gustaría resaltar la intervención de la experta en derechos de infancia Violeta Assiego que señalaba, parafraseando, que el término violencia vicaria a veces se queda corto por poner a las infancias como víctimas en un segundo plano porque el objetivo final es dañar a la mujer. Cuando, en realidad, sufren violencia directa.
Te recomiendo muchísimo seguir y difundir el OVIM, Observatorio de Violencias Institucionales Machistas, para que puedan llegar a más testimonios y exigir medidas que protejan y no revictimicen a las denunciantes.
Hasta aquí por hoy.
¡Muchas muchas muchas gracias por leer!!!!!!!!



Gracias por expresar esta experiencia horrible y hacerlo tan bonito, me ha encantado el artículo. Un abrazo 🫂 ❤️🩹